Abrazando la condición postmoderna

12 febrero 2017

Tags : spanish, postmodern, decentralization, diversity, multiculturalism

Examen de conciencia: del filo-marxismo a la filosofía postmoderna

Recuerdo aquellos años de instituto en los que me alimentaba a base de canciones protesta. Enamorado de aquel discurso filo-marxista para adolescentes, me empapé de literatura y música combativa durante años, repitiendo hasta la saciedad aquellos eslóganes que (creía yo) me avalaban como intelectual y joven socialmente comprometido.

Abrazado a una amalgama de ideas casi contradictorias, con base de ska y punk, fudamenté mi discurso ideológico en el desprecio al imperialismo norteamericano y una denuncia constante de las desigualdades sociales edificadas sobre el capitalismo.

Con el tiempo me daría cuenta que muchos de aquellos supuestos axiomas eran parte de un meta-relato alimentado por viejos poderes, pero que de algún modo habían quedado congelados en la España post-franquista, un nostálgico backup de proyectos que prometían hacer justicia y retomar los experimentos ideológicos que habían sido frustrados por el fascismo en los años treinta.

Aquella especie de nunca lo conseguimos por la llegada del franquismo hizo que muchos jóvenes aún nos creyéramos viejos discursos que en otras partes del mundo habían quedado sepultados con el fin de la Guerra Fría.

Gran parte del paquete de principios ideológicos de todo adolescente progre era, por supuesto, un anti-americanismo visceral que rozaba el fundamentalismo. Una especie de dicotomía moral en la que los yankees eran los malos y las naciones que los eurocentristas denominaban la periferia, el tercer mundo o países en vías de desarrollo eran las víctimas de un sistema desigual fundamentado en relaciones de fuerza militar y poder económico.

Lo cierto es que seguí leyendo y explorando, buscando mi propio camino e intentando contextualizar las causas y las consecuencias de aquellos discursos.

Al tiempo quedé fascinando por ese paradigma que llamábamos postmodernidad y que nos ofrecía la muerte de todos los grandes relatos; no sólo de las grandes religiones, que en teoría habían sido derribadas por la Razón Ilustrada siglos atrás, sino también de las grandes ideologías que habían atemorizado al planeta durante el siglo XX, incluyendo el comunismo.

Así que la postmodernidad me empujó a vivir relativizando las verdades, y a reubicar mis panfletos e idearios en el cajón de la pseudociencia y los textos sagrados. Pero lo cierto es que de aquellos años cargados de idelogía y fascinación quedó un poso positivo, un poso de simpatía hacia los que llevaban la contraria a los grandes poderes y luchaban por lo que creían justo. Algo que lejos de ser una defensa filosófica de la sublevación a lo Foucault derivaría más bien en una capacidad de empatizar con las causas ajenas aún sin sentirlas del todo como propias. En respetar más al otro e intentar entender su perspectiva y sus razones para luchar por una u otra causa.

De aquel entonces quedaron además ciertos valores de esos que van más allá de las doctrinas, aunque en esencia no dejen de ser principios adquiridos por un simple primate en un entorno social. Valores como la búsqueda de la felicidad y la convicción de que la fraternidad de los seres humanos, o al menos la convivencia en paz entre los distintos, puede llegar a ser posible. Unos principios kind of naive pero que podrían resumirse en la defensa de la libertad y la igualdad de los individuos dentro de comunidades heterogéneas, algo que no creo posible sin mecanismos que permitan una descentralización de las relaciones de poder.

Al final, como comentaba, estos valores no son otra cosa que un pedazo software cultural que dinámicamente ha ido adaptándose a nuevos contextos y que a día de hoy no termina de despegarse de mis redes neuronales. Pero en cualquier caso, en esencia, estas ideas definen mi visión actual del mundo tras tres décadas de interacciones con otros agentes sociales.

A mi juicio, dentro de este marco postmoderno en el que la heterogeneidad representa un elemento clave, la deconstrucción de los grandes relatos implica eliminar de estos el apellido universalista. En otras palabras, implica asumir que no existen idearios o proyectos que puedan ser impuestos y tengan validez universal sino que las estrategias de supervivencia son dependientes de contexto, y que por tanto son los individuos y las comunidades las que deben desarrollar los futuros posibles en los que quieran desarrollarse.

De ahí a importancia de la heterogeneidad funcional, de la diversidad estratégica, de la convicción de que cada individuo cuenta con un relato propio y que las sociedades requieren de esa variablidad de estrategias de supervicencia, de aproximaciones a la resolución de problemas, de cajas de herramientas, de sensibilidades, de puntos de vista, para poder ser resilientes y dinámicas.

En ese sentido, el individuo postmoderno debería ser capaz de cambiar de contexto y adaptarse a los distintos relatos, aunque estos a veces tengan una naturaleza antagónica. Así que curiosamente, desde hace tiempo, he empezado a ver en la incoherencia y el relativismo absoluto una especie de virtud.

De acuerdo con esto, podría decir que me considero un individuo que profesa la fe del no-relato, un nodo libre que disfruta cambiando de red, cambiando de sociedad, cambiando de contexto. Y en la misma línea, puedo decir que en los últimos años he participado en causas de distinta naturaleza ideológica, atendiendo a necesidades distintas con contextos distintos.

En España me he posicionado abiertamente a favor de la defensa del laicismo y la libertad de conciencia, mientras que en otros contextos como en Senegal he visto en primera persona cómo, a persar de que el pensamiento mágico es el lastre del mundo pre-moderno, la religión es casi el único pegamento posible para ofrecer una comunidad social e identitaria y sustituir a un Estado del Bienestar ausente. Y es que Europa y África tienen necesidades distintas, y dentro de cada continente las tiene cada nación, cada comunidad étnica, linguística o religiosa, cada pueblo o cada aldea.

Los discursos tienen su público y su sentido, tienen su contexto. Al final constituyen estrategias de supervivencia, genomas distribuidos dentro del biofilm de cada sociedad.

Y por ello no son ni universales ni permanentes, sino que son de usar y tirar. Y muchas veces hay que usarlos antes de poder superarlos.

La llamada de la etnografía

En 2009 colaboré con el Instituto Politécnico Tomás Katari en Bolivia, trabajando directamente con comunidades indígenas en el altiplano andino, así como con niños trabajadores dentro de lo que se conoce como la población campesina originaria (mayoritariamente población quechua). Un contexto donde el indigenismo y eso que ahora se llama populismo bolivariano tenían una razón de ser. Y es que allí re-descubrí que aquellos eslóganes que en el viejo continente se nos vendían como obsoletos, mutados con un acento indígena, todavía tenían sentido para muchos seres humanos.

En Bolivia comprendí que no había Verdad ni Historia. Sino verdades e historias, contextos y bancos de soluciones posibles. Y aprendí a escuchar a los hombres que habitaban otros mundos tan distintos al mio, seres humanos iguales a mi en dignidad y derechos, pero con sesgos y filtros culturales radicalmente distintos a los míos, lo que hacía posible una cosmovisión distinta, un universo cognitivo que nunca podría experimentar si no era a través de la escucha. Cuando nos reuníamos con los líderes de las comunidades indígenas o los campesinos de Ocurí, cuando compartíamos la papa, la quinoa y las ceremonias de adoración a la Pachamama en lo alto de Los Andes. Cuando observábamos como mujeres que no hablaban ni una sola palabra de español aprendían sus derechos constitucionales en quechua, cuando masticábamos coca disfrutando de su música, su danza y hospitalidad. Allí comprendimos que un espacio ideológico y un discurso incomprensible para nuestra mentalidad europea era posible, y que la defensa de aquel socialismo plurinacional parecía la mejor solución de consenso para uno de los países más pobres de América Latina, con una desigualdad terrible y una crisis identitaria difícil de resolver con los mecanismos habituales.

Escucharles me fascinó. Sentí la llamada de la etnografía.

Una fascinación similar y un ejercicio por la capacidad de escucha experimenté también en África, a donde llegamos portando un supuesto modelo de desarrollo y de donde volvimos avergonzados de la prepotencia intelectual de los países del primer mundo y del falso proteccionismo de ciertas políticas de cooperación internacional. Allí comprendí que había formas de vivir que no precisaban de propiedad privada, ni siquiera de residencia fija, ni de Estado, y donde reinaba la ley no escrita de lo comunitario y el respeto a la diferencia.

Cada cultura, cada individuo, cada pueblo, es una fuente de luz y conocimiento. Cada relato es una consecuencia de su contexto histórico, un componente evolutivo que podríamos llamar meta-biológico (esto es, social) que puede funcionar o fallar, pero que como un gen recesivo forma parte del gran banco de datos y experiencias de nuestra especie en su riqueza y heterogeneidad.

En parte, esto hace que una de mis principales pasiones sea viajar. Viajar de un modo que me permita establecer conversaciones con la gente común y conectar con esos otros universos cognitivos que hacen que me sienta parte de una red más grande e interesante que lo que constituye mi propio nodo egoico.

Perspectivas, contextos e identidades

Se puede decir que intentando viajar mucho he viajado más bien poco si consideramos el tamaño del globo. Pero tengo la ilusión constante de tener una vida por delante en la que pueda perderme en tantos puntos geográficos de este geoide azul como sea posible.

En la actualidad, mi proyecto etnográfico está más bien acotado a Estados Unidos, donde desde hace ya un tiempo estoy canalizando mis inquietudes investigadoras en desarrollar algunos de esos valores que quedaron de poso tras mi adolescencia. No sólo ya hace tiempo que superé ese anti-americanismo adolescente (aunque por supuesto siga sin comulgar con las políticas de los dirigentes estadounidenses), sino que he podido descubrir que precisamente Estados Unidos es uno de los países más fascinantes en materia de multiculturalidad, una especie de mosaico de micro-sociedades que ha ido integrando en su territorio gran parte de las comunidades del planeta.

Así que estoy intentando romper otro relato, y superar ese discurso que se ha convertido en tendencia. Un discurso en el que se tiende a identificar a los pueblos con sus dirigentes, y en el que se oculta la diversidad ideológica e identitaria de los individuos que habitan un territorio bajo una especie de prejuicio homogeneizante.

Desde aquí estoy desarrollando varios proyectos. Durante 2016 estuve centrando esfuerzos en desarrollar un estudio rizomático sobre la heterogeneidad identitaria de la sociedad estadonunidense. En este trabajo se combinan aspectos computacionales con labores de etnografía visual. Y aquí entran tanto herramientas de visualización de datos como métodos habituales de investigación cualitativa.

Pero fundamentalmente he estado disfrutando del proceso. Limitándome a observar y escuchar lo que la red (los distintos individuos de esta sociedad heterogénea) puede aportar al nodo (el observador).

Parte de este proyecto enlaza con mi afición a la fotografía, por lo que estoy llevando a cabo un proyecto académico y visual. De modo que como si fuera un ladrón estético, a través de mi cámara, voy captando la idiosincrasia de este espacio-tiempo y sus pequeños mundos.

De momento, he visitado más de una veintena de estados y numerosas ciudades que reflejan la gran diversidad de esta federación de territorios autónomos y comunidades religiosas, étnicas y lingüísticas.

Uno de los capítulos más interesantes de esta experiencia ha sido una reciente visita a Puerto Rico. Sin duda, un país fascinante que fue vomitado por un imperio para de ser fagocitado por otro a finales del siglo XIX y que hoy cuenta con el título distintivo de Estado Libre Asociado.

Visitar Puerto Rico ha sido como volver a Latinoamérica sin dejar Estados Unidos. Una sensación maravillosa, como si hubiera podido visitar el punto donde la fusión de estos dos mundos es de algún modo posible, siendo éste al mismo tiempo un representante vivo de la confrontación de dos realidades casi antagónicas.

Como decía antes, cuando era adolescente era un fiel seguidor del discurso anti-americano, algo así como un enemigo visceral del imperialismo homogeneizante que representaba la primera potencia mundial del momento, oculta detrás de tiranos como Batista, Videla o Pinochet en contraposición a héroes como Salvador Allende, tumbados por el poder en la sombra.

Crecí mirando hacia Latinoamérica con una mezcla de fascinación y nostalgia. Por aquel tiempo de gestación ideológica podía pasarme horas escuchando a Victor Jara, o abrazado a mi guitarra tocando canciones de Mercedes Sosa y Silvio Rodriguez.

Me gustaba leer a Benedetti y consumir cine del otro lado del charco, intentando entender las luchas de aquellos pueblos hermanos que aún peleaban por causas nobles.

Sin conocer aún muy bien los pecados de la izquierda, silenciados por ese manto de idealismo que daba saltos contradictorios entre el materialismo dialéctico y el anarquismo, sentía una suerte de fascinación estética por esos otros mundos posibles que brindaban guerrilleros e intelectuales de férrea militancia.

Tiempo después tendría buenos amigos cuyas familias habían sufrido el horror del comunismo. Tendría contacto con individuos y comunidades originarias de Rusia y Vietnam. Sentiría especialmente las duras historias de mis amigos cubanos. La otra cara de la historia: la de los represaliados, la de los perseguidos, la de la humillación y la represión por parte de la dictadura castrista.

Por supuesto, más al norte también encontraría mis referentes. En la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos estarían Martin Luther King, Malcom X, Rosa Parks o Harvey Milk. Y también llegarían referentes musicales como Bob Dylan o Janis Joplin. Pero en parte faltaba el vínculo de la identidad lingüística y cultural que sí compartía con Latinoamérica.

Así que visitar Puerto Rico ha sido una re-conexión con América Latina muy interesante. Recorrer brevemente parte de la isla y hablar con sus gentes ha sido muy enriquecedor. Y una vez más me ha permitido formar parte de un capítulo de la historia (minúscula), de una de tantas historias y relatos culturales.

Puerto Rico es una nación caribeña con una idiosincrasia que combina lo africano, lo indígena, lo hispano y lo anglo, con una magia sincrética y una fascinante cultura. Se trata de un pueblo complejo, que de algún modo ha disfrutado de una posición privilegiada frente a otros países de la región como consecuencia de la tutela norteamericana, pero que al mismo tiempo preserva el anhelo de la emancipación del yugo del Tio Sam.

Viajar a la vieja isla y conversar con sus habitantes me hizo compartir cierta alegría al presenciar el indulto de Óscar López. Y es que todo ocurrió un día después de haber estado en Plaza de Colón de San Juan, conociendo la causa de la mano de algunos defensores del independentismo puertorriqueño y participando de forma casual en la manifestación que pedía su excarcelación. El último regalo de Barack Obama.

Me alegra haber podido vivir la era Obama y haber podido asistir a una ponencia suya en Greensboro, la misma ciudad donde hace algunos años Chomsky me firmó un libro.

También me alegra haber vivido en primera persona la ilusión de una generación aupando a Bernie Sanders, mientras que los oligarcas del Partido Demócrata escondían la cabeza y regalaban el trono a Donald Trump.

Hemos vivido un cambio de ciclo, otro de esos momentos que se recogerán como Historia y que sin duda afectarán a muchas de las historias que dan sentido al mundo.

Hay quien dice que se acercan días oscuros. Pero de nuevo toca escuchar, escuchar la llamada de la etnografía. Despojarse de relatos y estar abierto a los distintos puntos de vista.

Asumir la no-verdad del individuo postmoderno y disfrutar aprendiendo del distinto, esto es, del igual.

Descentralizando la blogosfera

01 enero 2017

Tags : spanish, ipfs, decentralization, p2p

Ha pasado poco más de un año desde defendí mi tesis doctoral: La descentralización estructural y la heterogeneidad funcional en la producción colectiva de conocimiento: una justificación teórica y computacional del paradigma P2P.

Recibir el título de doctor tras exponer ante un tribunal los principios de un conjunto de fenómenos denominados peer-to-peer (P2P), representó para mí la culminación académica de un proyecto casi ideológico que se venía gestando desde mi adolescencia.

Aquel ritual laico cargado de academicismo y pompa, de solemnidad y de alegría, fue el punto y final a una investigación casi rizomática. Y aunque afronté la ceremonia final con zapatillas y vaqueros, por eso de llevar la contraria, doctorarme supuso para mi un importante logro personal. Había conseguido superar ese reto intelectual que me había prometido a mi mismo años atrás pero, al margen de aspectos meramente personales, recibir el visto bueno de un tribunal académico de prestigio implicaba algo más importante. Aquel hecho se traducía de forma directa en la validación por parte del sistema de uno de esos marcos teóricos que encuentran más simpatías en el underground hacker que en las aulas, más vinculados a la contracultura y los experimentos cripto-anarquistas que a las estructuras rígidas que suele imponer la academia.

Podría definir mi tesis doctoral, por tanto, como un oxímoron. Pero lo cierto es que tras un interesante periodo de trabajo conseguí que aquel conjunto de principios que venía defendiendo desde mis primeros años frente a un computador -cuando me empapaba de contracultura y textos prohibidos- acabase cristalizando en un monográfico de carácter académico. Y fue así como, de la mano de la Inteligencia Artificial, los Algoritmos Genéticos y los Modelos Multi-Agente, pude defender computacionalmente la descentralización estructural y la heterogeneidad funcional, acuñando el concepto de sociedad P2P:

Las sociedades P2P serían la consecuencia del incremento gradual tanto de la heterogeneidad como la descentralización de las redes de información. La clave no estaría tanto en el avance de la tecnología sino también en el cambio de enfoque: de lo centralizado a lo distribuido, de lo homogéneo a lo heterogéneo. La noción de sociedad P2P haría especial énfasis no sólo en la información, sino en las redes que permiten su difusión, su procesamiento distribuido y su apropiación por parte de los agentes sociales.

Para mi, poco amigo de la disciplina y los estándares rígidos, publicar un monográfico acompañado de experimentos y resultados justificados, así como un conjunto de publicaciones científicas validadas por la comunidad, era parte del precio a pagar. Pero en realidad las exigencias de la carrera científica, junto a mi evolución paralela trabajando como Ingeniero del Software en el mundo empresarial, me estaban alejando de aquello que había estado haciendo desde los quince años: publicar libremente en mi propio blog.

Mi crisis como blogger había empezado en realidad años antes, cuando tras regresar de un proyecto de Cooperación Internacional en Senegal empecé a tener serias dudas sobre el narcisismo y la prepotencia intelectual que se escondían detrás de mis blogs. Así que decidí dejar de defender una visión del mundo y limitarme a aprender de las visiones de otros. Esa suerte de catarsis ego-cida, sumada a un exceso de auto-exigencias a la hora de publicar, me llevaron a limitar mi producción literaria a artículos de investigación en revistas internacionales o capítulos de libros. Empecé a publicar únicamente en inglés, limitándome a artículos con un carácter meramente académico, y a sacrificar al blogger pasional para dejar paso al científico comedido.

El caso es que desterré mis reflexiones personales a los cuadernos y las notas de cajón, cerré mis blogs y centré mis esfuerzos en construir un curriculum que me permitiera desarrollarme profesionalmente y canalizar mis inquietudes desde lo académico y lo productivo.

Tuve la suerte de vivir muchas vidas y trabajar en distintos sectores, para distintas empresas, clientes, organizaciones y universidades. Viajé e inicié colaboraciones con profesionales de varias partes del globo, conociendo muchas perspectivas, muchos contextos y cosmovisiones, y entendiendo la naturaleza heterogénea de la postmodernidad, así como la naturaleza descentralizada de las interacciones.

Los cambios de entorno, perfil y tipo de interlocutor me transformaron en un sujeto con mayor capacidad para cambiar de registro, lo que se traduce en que me hice un poco más viejo y las ideas empezaron a florecer más en el córtex que en las entrañas. Esta suma de acontecimientos hicieron que mi vida como blogger se esfumara hasta el día de hoy, cuando se imponen los propósitos para el nuevo año.

Tiempo ha pasado desde que tuve el privilegio de compartir servidor con Enrique Meneses. Desde que conocí a Marta Úngaro a través de un artículo que publiqué sobre La Noche de Los Lápices. Tiempo ha pasado desde que desarrollé portales contra-informativos y participé en los espacios conversacionales de los sucesores del movimiento ciberpunk español.

Pero lo cierto es que para mí las redes siempre fueron un instrumento de emancipación. Mi padre me enseñó a programar en Basic con siete u ocho años, y a partir de ahí mi curiosidad por la computación se disparó. Internet se me ofrecía como una puerta a otros mundos, a un ciberespacio que sólo los hackers conocíamos y que me transformó en un adicto a la información. Empecé la segunda década de mi vida definiéndome como webmaster y participando, entre gifs animados, iframes y fondos ilegibles, en aquella creación de contenidos a la que todos estábamos invitados.

Las redes distribuidas ofrecían una biblioteca de hipertexto que se expandía sin límites físicos ni controles gubernamentales en una especie de realidad paralela. La anarquía cognitiva se desplegaba sobre sí misma al otro lado del cable telefónico, como si se tratara de una utopía pirata construida sobre silicio. Algunos sucumbimos ante el romanticismo de John Perry Barlow y su Declaración de Independencia del Ciberespacio:

Gobiernos del Mundo Industrial, vosotros, cansados gigantes de carne y acero, vengo del Ciberespacio, el nuevo hogar de la Mente. En nombre del futuro, os pido en el pasado que nos dejéis en paz. No sois bienvenidos entre nosotros. No ejercéis ninguna soberanía sobre el lugar donde nos reunimos […] El Ciberespacio está formado por transacciones, relaciones, y pensamiento en sí mismo, que se extiende como una quieta ola en la telaraña de nuestras comunicaciones. Nuestro mundo está a la vez en todas partes y en ninguna parte, pero no está donde viven los cuerpos. Estamos creando un mundo en el que todos pueden entrar, sin privilegios o prejuicios debidos a la raza, el poder económico, la fuerza militar, o el lugar de nacimiento. Estamos creando un mundo donde cualquiera, en cualquier sitio, puede expresar sus creencias, sin importar lo singulares que sean, sin miedo a ser coaccionado al silencio o el conformismo. Vuestros conceptos legales sobre propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se aplican a nosotros. Se basan en la materia. Aquí no hay materia.

Y así fue como aquella versión adolescente de mi mismo abrazó la promesa del ciberespacio y se sumó a la defensa de aquel nuevo relato emancipador.

Las redes distribuidas, aquellas que había ideado Paul Baran en 1964 y que habían constituido la topología de Internet, se convirtieron en un referente estructural para mi desarrollo ideológico y profesional. Primero llegaron los fanzines en texto plano, las conversaciones en IRC, la listas de correo y los distintos espacios conversacionales tras un terminal verdinegro.

David de Ugarte y La Sociedad de las Indias Electrónicas me abrirían poco después las puertas de la blogosfera, el primer medio de comunicación distribuido. Por aquel entonces, cuando todavía iba al instituto y era un adolescente interesado en la justicia social y el software libre, tener mi propio blog se convirtió en un hecho relevante. Con el dominio xmunch.com -regalo de cumpleaños de mi tio- y la ayuda de la gente de La Matriz, me lancé a exponer mi punto de vista en aquel mar heterogéneo donde todos podíamos tener voz.

Uno de los puntos fuertes de la blogosfera era su carácter no-centralizado -esto es, distribuido-. Algo que, al menos en lo filosófico, no difería demasiado de la infraestructura técnica sobre la que se había edificado Internet. En la red de redes prometida por Baran y sacralizada por Barlow, la descentralización estructural era un punto clave para garantizar su carácter resiliente, su resistencia a ataques externos o a la amenaza de un control central.

En un ecosistema conversacional distribuido cualquiera puede montar un nodo libre e independiente en su propio servidor y hacerlo accesible para el resto de la red, algo que de una u otra forma se ha visto amenazado por la aparición de aplicaciones web como Twitter, Facebook, o Google+. Los denominados social media han re-centralizado la conversación en espacios controlados por grandes compañías, no sólo banalizando el discurso, sino haciéndonos renunciar a la soberanía de las redes distribuidas mientras entregamos nuestros datos, así como la propiedad de nuestras interacciones, a grandes nodos o hubs.

No todo son desventajas, y sin duda el nuevo escenario, donde los gigantes de acero han invadido el ciberespacio, ha traído consigo la aparición de nuevos mercados, de grandes innovaciones tecnológicas y de nuevos fenómenos socio-políticos sin precedentes. No obstante, este proceso de re-centralización, donde asistimos a alianzas entre grandes corporaciones y agencias de vigilancia como la NSA, amenaza las redes distribuidas y su poder emancipador desde múltiples enfoques, algo que posiblemente exponga en mayor detalle en algún futuro artículo -más información aquí-.

Este nuevo espacio surge como una vuelta, por mi parte, a exponer mis opiniones en ese medio digital en el que solía expresarme con plena libertad hasta hace unos años. Pero esta vez voy a hacerlo además desde la autonomía de una plataforma distribuida, desde una suerte de nueva blogosfera, una aún más descentralizada que la anterior y construida sobre un protocolo aún más revolucionario que el HTTP. Su nombre es IPFS y es una de las puertas de acceso a la Sociedad P2P, a esa nueva distributed web donde el contenido se persiste en un medio no-centralizado por diseño, donde los servidores centrales no eliminan tu web ni tu blog, donde los links nunca apuntan a una página no existente. Un nuevo ciberespacio que evolucionará en poco tiempo y acabará resultando tan sencillo y accesible como la web actual.

Existe algo romántico en retomar los espacios auto-gestionados, los pequeños blogs personales, los nodos libres. Y he aquí la razón principal de este nuevo espacio. Esto no implica que vaya a dejar de publicar en revistas de investigación, de utilizar otro tipo de plataformas o de convivir con el modelo re-centralizador dominante. Pero lo cierto es que volveré a tener mi isla pirata, un espacio en el que pueda liberarme de los límites formales y metodológicos del mundo académico, de los hubs y de la autocensura.

Y lo bueno es que esta vez lo haré como un investigador independiente y heterodoxo, un sujeto que sigue investigando aspectos relacionados con la descentralización estructural y la heterogeneidad funcional de los sistemas sociales, pero ampliando el ámbito de estudio más allá de la informática, la teoría de la información, las ciencias cognitivas, los sistemas complejos o la teoría evolutiva, y abrazando también disciplinas como la antropología o la etnografía visual.

Una investigación multidisciplinar que estoy canalizando como Visiting Researcher en la University of North Carolina mientras desarrollo varios proyectos propios en el SciArt Lab e implemento soluciones digitales en Enxendra Technologies, una empresa desde la que ofrecemos servicios de voto electrónico, factura electrónica y firma electrónica en este mundo regido por la criptografía que es el horizonte digital. Un mundo donde la identidad viene definida por certificados electrónicos y donde la privacidad y la autenticidad sólo pueden garantizarse mediante mecanismos criptográficos.

Este espacio será por tanto un lugar donde compartiré impresiones y reflexiones que podrán ser tanto personales como académicas o profesionales, sin restricciones de forma ni de fondo. Un ejercicio en el que combinaré artículos en español y en inglés, mientras desarrollo de forma simultanea Rhizome Ethnographies y otros proyectos del SciArt Lab .

Tras un tiempo en Estados Unidos, vuelvo a la blogosfera con una visión distinta del mundo a la que tenía cuando publiqué mi tesis doctoral. Mi investigación predoctoral pretendía demostrar teórica y computacionalmente la validez del paradigma P2P y defender su gradual imposición como parte del proceso evolutivo de los sistemas de procesamiento de información. Mis proyectos actuales, sin embargo, abordan aspectos relacionados con este tronco común pero enfocándose en distintos intereses y desde enfoques muy distintos, más humanistas y más cercanos no sólo a la computación sino también a las ciencias sociales.

Pero en cualquier caso, este espacio nace como un nodo libre que se servirá de nuevas infraestructuras técnicas más acordes al modelo que defiende. Así que como gesto simbólico fundacional, a modo de declaración de intenciones, esta bitácora contará con un mirror en IPFS que será generado periódicamente. Las referencias al mirror distribuido serán accesibles desde aquí.

Pues la libertad no puede existir en ningún sistema caracterizado por la centralización y la homogeneidad.